“No
es la grúa. Es la araña que quiere jamarse a la mosca”. Texto de Manolo
en la pieza teatral “Mi socio Manolo” de Eugenio Hernandez
Espinosa.
Cuando Ariel puso los pies en Rancho Boyeros enfiló
su rumbo hacia la casa de su amigo El Blanco. Llega, suelta los bártulos y en
un abrir y cerrar de ojos hace el recuento.
Hacía más de cuatro años que no venía a La Habana y
ya “el gorrión” lo estaba matando. Sus canciones más recientes no
tienen dolor y eso lo tiene con el alma colgando de un hilo.
“Cuando llevas más de treinta y dos meses de
creditico invierno y al amparo de Facebook, Cuba parece el país más lejos del
mundo”- dice y de un salto sale a la calle sin miedo. A dos manos
comienza a gastar dinero.
Entre caladas torcidas va dando tumbos por el oeste
de la ciudad hasta que gira y se sorprende en la caprichosa esquina de 60 y 29.
El olor a frijoles negros le desfigura la boca en una mueca infantil. Los
recuerdos lo aplastan bajo la pálida luz amarillenta del poste de madera.
Parece un esperpento en el claro/oscuro del Buena Vista habanero.
Los chamacos de antaño plantan el noctambulo dominó
y le dan “agua” a las piezas. Fiel al ritual, Ariel ameniza el
partido con pollo frito, una caja de cerveza y la botella de Caney. “Un
carro pasa muy despacito por la avenida/y a la carrera pero sin ruido cruza la
calle”. No la canta pero la tararea. Anda enlazando tiempos.
Pierde tres datas seguidas pero la melodía lo
impulsa y sigue de largo sacudiéndose de las presencias. Maneja muy bien los
simulacros hasta despejar el ramalazo de las pérdidas.
Regresa, llora debajo de la ducha y duerme tres
horas. El problema va a ser cuando se despierte, revise el bolsillo y vea
cuánto ha gastado en la gracia.
Amanece y es finales agosto. Pasa una semana y no
llueve. Los “almendrones” rugen y el olor a petróleo ahoga la
capital. Suena la timba por doquier y cuatro gritos en el solar rompen las
cortinas de lienzos que se hacen pasar por puertas.
Las moscas que revolotean sobre la basura desbordada
le sigue pareciendo la peor noticia para una ciudad que insiste en mezclar imágenes
muy duras con otras verdaderamente sublimes. “Aquí la gente no tiene la
menor idea del montón de años que hacen falta para que se desintegre la
bazofia”- piensa.
Pepe el judío abre la bodega y cuelga el cartelito
de “HAY RON DE LA BODEGA”. No puede entender que al paso del tiempo
eso siga existiendo.
Los carretilleros entablan la competencia haciendo
alarde de sus poderosas voces en pregones de nuevo tipo. Se vende cualquier
cosa, pero no se compra casi nada. Apura el paso y dobla por 48. No quiere
perder ni un minuto de su último día en La Habana. El Colorao lo espera
guitarra en ristre en el Bar de Las Sopitas.
“El dinero se ha hecho para gastarlo”-
le dice al Colorao de juglar a juglar y añade:- “Pero aquí se volatiza,
mi hermano. No hay economía que aguante estos siderales precios”.
La S final de siderales le sirve para ironizar mejor. “Sale mucho
más barato ir de vacaciones a un balneario en Croacia”- asegura y
ríe. Llega el camarero con la carta. “¿Qué vas a comer
Colorao?”
“Aquí la gente no cree en nadie a riesgo de
parecer ignorantes, asere”- explica el Colorao. “También hay gente
que sueñan con abrazar a otra gente pero que solos están”. El Colorao
enfunda la guitarra, desliza un dedo por la frente y ordena el plato más caro
sin pensarlo dos veces.
El Negro murió hace más de un año. Santiaguito
también murió y Vida… ¿a la muerte le queda un tiro?
El Centro Pablo sigue en La Habana Vieja gracias a
los enormes esfuerzos de Víctor y Maria. Mientras tanto, a los Estudios Abdala
le han cortado el fluido eléctrico y Silvio se queja en Segunda Cita
y en el Portal Cubasi.cu a un clic de distancia- según
reza en azul su slogan.
“Hace unos días un viceministro de
cultura dijo que no puede pagar la deuda eléctrica de Abdala porque las
empresas deben pagar sus propias deudas”- escribió
Silvio y Ariel frunce el ceño.
“No entiendo nada. Hay que hacerse el sueco
para decir semejante cosa”- comenta Ariel. “En cualquier parte del
mundo usted paga lo que consume. Y si no lo paga va preso por moroso y negligente”.
“No entiendo nada”. “O va preso el viceministro o va preso
Silvio”. “No entiendo nada”- repite ensimismado.
“Esto se ha vuelto muy difícil de explicar, mi
hermano. No te quemes. Ya no es lo mismo. Ahora las penas siguen atropellándose
pero en el lenguaje misterioso de su nombre”- contesta de un golpe el
Colorao y pide otra cerveza Bucanero.
En los noventa ellos se reunían en el Huron Azul de
la UNEAC y rones mediante hablaban de “Longina” la que Corona hizo
por encargo, de la explosión en los setenta de la música popular bailable, de
Ricardito el de Los Latinos o Macías el de Rumba Havana, de Afrocuba y Opus 13
y hasta de Habana Abierta con el Divino Guión de Vanito Caballero
hoy Vanito Brown.
Luego vino la estampida con pasaje de ida y vuelta
para los Torrens, Ochoa, Paz, Urquiza, Torres, Isaac y compañía. Por cierto,
fue hermoso ver cantar a Gema en el homenaje a Marta Valdés. Palabras es
un tema para toda la vida.
Paran un “botero”, recogen al Blanco y
salen disparados para la “Casa de la Música” de Galiano al caer la
noche. Los anuncios lumínicos de los nuevos negocios privados roban la atención
de Ariel. “Con este calor ese negocio de vender hielo debe ser muy
rentable”. Un bache en la avenida 23 lo saca de sus cavilaciones y a la
altura de Infanta y San Lázaro comienza el reggaetón del taxista. A simple
vista, allí La Habana se divide en dos ciudades bien distintas.
Paga la carrera en pesos cubanos y en CUC la entrada
a la Casa de la Música. Esto de la doble moneda no le ha permitido organizar
los gastos. La lista de desaguisados en ese sentido es interminable. Ya son
varias generaciones de cubanos las que conocen el panorama económico de la isla
concebido de esta manera. Recibes el salario en CUP y haces las compras en CUC.
El cambio sigue a 25 por 1.
Pero la Casa de la Música- otrora cine Jigüe- está
repleta de nacionales bailando con extranjeros. Nadie sabe de donde la gente
saca el dinero pero estos lugares se repletan de jóvenes cubanos con ropa de
marca y carísimos teléfonos celulares. Andar elegante y así poder una chica
plástica recoger. “Es verdad que esta difícil de entender esto,
Colorao”.
Las muchachas de la orquesta que suena son una
mezcla de Tina Turner con Amy Wayhouse y hacen delirar a los bailadores. Uno de
ellos baila suelto con tres danesas. Otro saca la lengua manchada de azul y
sigue a la caza en la pista. Las chicas de pronunciados escotes retozan
alrededor de la barra ante la mirada rapaz de los proxenetas invisibles.
Salieron al amanecer y casi directo para el
aeropuerto con una breve escala para recoger los bártulos mirando de reojo la
televisión. Se acuerda de cuando las transmisiones terminaban a las doce de la
noche con el himno nacional y también del notable “Año de la Revolución
Energética”, comenta.
El primer noticiario del día hace referencia al
comienzo del nuevo curso escolar. “Un millón ochocientos mil
estudiantes iniciaran las clases, de ellos, más de cien mil jóvenes comienzan
sus estudios universitarios, todos de forma gratuita”- recalca la
periodista.
Se marcha confundido y no sabe cuándo podrá regresar
otra vez.
Las despedidas de Ariel son con los ojos inyectados
en sangre. Eso es alianza, naturalmente. De todas formas, ellos solo se reúnen
de Ariel en Ariel.
Una excavadora reinicia sus labores para mejorar el
servicio del agua en el oeste de la capital. Hace un ruido tremendo.
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