Los actores del Teatro Musical de La
Habana no se podían quejar.
Tenían a su disposición una fabulosa cadena de restaurantes,
cafeterías, pizzerías, bares, hoteles y hasta una gran diversidad de cines en
las proximidades de esa importante instalación cultural habanera del pasado
siglo XX.
Enclavado en una de las esquinas que forman la cruz
de las calles Consulado y Virtudes del barrio Colón en Centro Habana, y donde
mismo se levantó el otrora legendario Teatro Alhambra, está el hoy
abandonado Teatro Musical de La Habana.
Si bien es un edificio visible desde la populosa calle Neptuno y desde el no menos transitado y colosal Paseo del Prado, asimismo el legado intelectual del Teatro Musical de La Habana es uno de los referentes ineludibles a la hora de ordenar cronológica e históricamente el formidable rompecabezas del arte de la escena nacional cubana.
Si bien es un edificio visible desde la populosa calle Neptuno y desde el no menos transitado y colosal Paseo del Prado, asimismo el legado intelectual del Teatro Musical de La Habana es uno de los referentes ineludibles a la hora de ordenar cronológica e históricamente el formidable rompecabezas del arte de la escena nacional cubana.
Poderosas son las evocaciones que tenemos los
muchachos del barrio Colón sobre el Teatro Musical de La Habana. Los que
cursamos estudios primarios en las escuelas: “Guillermo Llabre”,
“Manifiesto de Montecristi” o “Julio A. Mella”, fuimos
asiduos ‘mirones’ de los múltiples y fabulosos espectáculos
“Del Musical”- otra forma de reconocer al edificio y a su
desaparecida Compañía Teatral.
Andamos por el último lustro de la década del
’70 y en las tardes del primer viernes de cada mes asistíamos a “El
Musical” como parte del programa de estudios diseñado por aquellas
magníficas escuelas con portales que aun se ubican a lo largo del Prado.
“El Musical”- como edificio- fue mi
primer acercamiento a la obra de quien fuera durante doce largos y difíciles
años Director General de aquella Compañía Teatral y una de las grandes figuras
de la cultura cubana contemporánea, el comediógrafo Héctor Quintero. Un Cartel
de su emblemática pieza “Contigo, pan y cebolla” protagonizaba una
notoria pared del lobby. Muy distante estaba yo de realizar mis estudios
universitarios en la Facultad de Artes Escénicas del ISA y mucho mas lejos de
sospechar que alguna vez tuviera la oportunidad de ‘tomar el hilo’
con Héctor sobre estas remembranzas de lo que se ha perdido en ‘el tiempo’.
Sentaditos estábamos aquella mañana en una reunión
convocada por la pretérita “Agrupación de Teatro y Danza” de San
Ignacio 166 sobre ‘la vanguardia teatral’ y el ‘Teatro
experimental’ y otros apelativos en auge a principios y mediados de los
’90. Al final del coloquio Héctor me dice con aquella inolvidable voz
grave y redonda:-“Oye, muchacho, me salvaste la campana”. Cada vez
que nos veíamos en la Agrupación, nos saludábamos mutuamente de esa forma
cómplice “Me salvaste la campana”.
Hoy las imágenes de “El caballero de Pogolotti”
o “La verdadera historia de Pedro Navaja”, dos de los últimos
espectáculos que el representativo gremio ofreciera en el ocaso de la compañía,
todavía me son familiares.
Eso sí- y sobre lo siguiente gravita este
comentario- antes de entrar al teatro era una costumbre de los muchachos de
Colón comernos un helado en “El Anón de Virtudes”,
heladería del barrio que estaba justo frente al teatro, y después al final de la función y como ‘recompensa’ al shock estético que ‘sufríamos’ por aquellos desempeños dirigidos a estos infantes, la maestra Sonia nos llevaba a merendar a “La Oriental”, una fabulosa (también desaparecida) cafetería ubicada en la esquina de Prado y Neptuno, siempre repleta de jóvenes hermosas, la misma esquina inspiradora del Cha Cha Chá de Enrique Jorrin: “A Prado y Neptuno/iba una chiquita/que todos los hombres/la tenían que mirar (…)/que bobas son las mujeres/que nos tratan de engañar…” (Bis).
heladería del barrio que estaba justo frente al teatro, y después al final de la función y como ‘recompensa’ al shock estético que ‘sufríamos’ por aquellos desempeños dirigidos a estos infantes, la maestra Sonia nos llevaba a merendar a “La Oriental”, una fabulosa (también desaparecida) cafetería ubicada en la esquina de Prado y Neptuno, siempre repleta de jóvenes hermosas, la misma esquina inspiradora del Cha Cha Chá de Enrique Jorrin: “A Prado y Neptuno/iba una chiquita/que todos los hombres/la tenían que mirar (…)/que bobas son las mujeres/que nos tratan de engañar…” (Bis).
Allí, en ‘La Oriental’, una botella de
malta fría con un sándwich de jamón y queso acabadito de planchar, tostadito y
crujiente, te costaba solo 40ctvos, el mismo precio de la entrada a los cines
del barrio. Y esa era la oferta más cara en la compleja década de ‘La
Zafra de los Diez Millones’, ‘El Cordón de La Habana’ ‘La
Columna Juvenil del Centenario’ y la ‘Ley contra la
Vagancia’. De esta última ordenanza quedaron excluidos- ¿todos?- los
actores “Del Musical” al lacerante y penoso proceso conocido como
“Quinquenio Gris” y registrado bajo las tenebrosas siglas UMAP.
Pero continuemos con los beneficios del enclave del
hoy abandonado Teatro Musical de La Habana.
“Via Vénetto” en Prado y Virtudes junto
a “Prado 264”, eran dos pizzerías que gozaban de gran prestigio
entre las mejores de toda La Habana. La primera (desaparecida) a cincuenta
metros “Del Musical” y la segunda (convertida actualmente en otro
carísimo restaurante en cuc) a dos cuadras apenas. Cada una siempre con
cervecita fría a 0.60ctvos para los mayores de edad y otros precios de alegría
para toda la familia según los salarios mensuales de nuestros padres y el de
los profesionales para y de la cultura nacional. No olvidemos que la
“Asociación Nacional de Tramoyistas de Cuba” (también desaparecida)
tuvo su sede en la mismísima intersección de Consulado y Virtudes.
Repaso que una ‘invitación elegante’- no
solo por sus especialidades en el arte culinario, sino también porque eran
sitios habituales para los “Del Musical”- consistía en ir a comer
al “Caracas” en la archiconocida Prado y Neptuno o por lo menos
visitar una vez al mes “La Tasca Española”
en Cárcel y Prado, al
frente del Parque de los Enamorados. Los cocineros de “La Tasca”
eran gallegos y allí una fabada contenía los mismos ingredientes que en
Santiago de Compostela. Sin tacañería ni regateos.
Claro, eso sí, ‘compontelascomopuedas’
para poder pagar un Table del Menú en “La Tasca”. Pero para
nosotros, la familia de los muchachos del barrio Colón, ir a “La
Tasca” una vez al año no hacía daño a la economía del nido. Y si se
trataba de cenar coincidiendo allí con los actores “Del Musical”,
la fabada sabia a gloria. Nada que ver con el nudo en la garganta que causan
las chocantes ruinas que quedan hoy de lo que fue “La Tasca
Española”, a solo siete cuadras del Teatro Musical de La Habana.
No obstante, entre el “Bar/Cafetería/Restaurante
Fausto”, la pizzería “Parque Central” (más barata que las dos
anteriormente mencionadas, pero igual desaparecida); y el popular “Los
Parados” o “Los Paraditos”- al cual el gran Lezama Lima (otro
‘muchacho’ ilustre vecino del barrio Colón en la calle Trocadero)
no le hizo nunca los honores, dato del que se acuerda en Madrid mi querido
amigo Amadito del Pino- los encuentros con los “Del Musical” eran
comunes, sabrosos y tan picantes como sus esplendidos espectáculos.
Mi hermano mayor se jactaba de bailar con los
‘Del musical’ en el “Cabaret Nacional” de Prado y San
Rafael y de paso gozar a todo tren con la ‘señora sentimiento’
Elena Burke, o en “El Intermezzo” con Mundito Gonzalez, también en
el “Parkwyu” de Refugio y Prado o en los bares “Havana Club”
y el “S’loppy Bar” de esas iluminadas noches habaneras con
pasos apresurados de botas rusas.
Los actores “Del Musical” podían
quedarse a vivir un tiempito en cualquier hotel del barrio Colón. Una
habitación en el “Hotel Plaza” costaba 9.00 pesos la noche, y en el
“Sevilla” 12.00 pesos; esos eran los más caros ante otras
alternativas mucho más baratas como las del “Hotel Inglaterra” a 9
y a 6 pesos la noche, el “100 habitaciones”, el “Hotel
Parkwyu” o el “Hotel Morro” en la esquina de Morro y Colón
que era el más barato de todos porque le ‘colgaron el cartelito’ de
‘Posada con agua caliente sin aire acondicionado’ a ¡3.00 pesos por
24 horas!
Los actores y todos los demás mortales que
constituyeron la célula fundamental de los memorables espectáculos del Teatro
Musical de La Habana también tuvieron una
escuela primaria antes de llegar a Consulado y Virtudes: el Teatro
Martí.
En Zulueta y Dragones, recién acaba de
reinaugurarse el histórico Teatro Martí gracias a
la titánica labor sostenida y a la pasión desbordada por la cultura y el
patrimonio nacional del historiador de la ciudad el Dr. Eusebio Leal Spengler.
También ‘El Martí’ ha reabierto sus puertas ‘gracias al
esfuerzo de muchos nobles empeños y el de muchos rostros sin nombres’-
dijo Leal conmovido. “La cultura es lo primero que hay que salvar”-
fueron sus palabras de cierre en tan emocionante oración de bienvenida al nuevo
y monumental Teatro Martí, otrora ‘Coliseo de las cien
puertas’ como lo denominara el poeta bayamés José Fornaris, un edificio
que sufrió un acelerado proceso de destrucción, a tal punto que en el momento
en que comenzaron las labores de restauración solo se conservaba la fachada de
piedra.
¡Cuarenta Años! Hago aquí una pausa pequeña.
¡Cuarenta Años esperando por este suceso a favor de la cultura cubana, a favor
de nuestra memoria teatral! ¡Cuarenta Años de espera por ‘El Martí’
y todo lo que eso significa!
Con el renacimiento del Teatro Martí los
muchachos del barrio Colón estamos de fiesta. Pero tenemos una pregunta en el
tintero que se cae de la mata:- ¿Cuántos años más le esperan al Teatro
Musical de La Habana- otrora legendario Teatro Alhambra- para ser
recuperado del abandono?
La imagen impresionante de las ruinas de “La
Tasca Española” no será la respuesta, ¿verdad?
La Habana, marzo de 2014.








No hay comentarios.:
Publicar un comentario