martes, 11 de marzo de 2014

Del Musical a la ‘La tasca’ hay solo siete cuadras.


Por. Alejandro Palomino.

 
Los actores del Teatro Musical de La Habana no se podían quejar.

Tenían a su disposición una fabulosa cadena de restaurantes, cafeterías, pizzerías, bares, hoteles y hasta una gran diversidad de cines en las proximidades de esa importante instalación cultural habanera del pasado siglo XX. 
Enclavado en una de las esquinas que forman la cruz de las calles Consulado y Virtudes del barrio Colón en Centro Habana, y donde mismo se levantó el otrora legendario Teatro Alhambra, está el hoy abandonado Teatro Musical de La Habana.
Si bien es un edificio visible desde la populosa calle Neptuno y desde el no menos transitado y colosal Paseo del Prado, asimismo el legado intelectual del Teatro Musical de La Habana es uno de los referentes ineludibles a la hora de ordenar cronológica e históricamente el formidable rompecabezas del arte de la escena nacional cubana.
Poderosas son las evocaciones que tenemos los muchachos del barrio Colón sobre el Teatro Musical de La Habana. Los que cursamos estudios primarios en las escuelas: “Guillermo Llabre”, “Manifiesto de Montecristi” o “Julio A. Mella”, fuimos asiduos ‘mirones’ de los múltiples y fabulosos espectáculos “Del Musical”- otra forma de reconocer al edificio y a su desaparecida Compañía Teatral.
Andamos por el último lustro de la década del ’70 y en las tardes del primer viernes de cada mes asistíamos a “El Musical” como parte del programa de estudios diseñado por aquellas magníficas escuelas con portales que aun se ubican a lo largo del Prado.
“El Musical”- como edificio- fue mi primer acercamiento a la obra de quien fuera durante doce largos y difíciles años Director General de aquella Compañía Teatral  y una de las grandes figuras de la cultura cubana contemporánea, el comediógrafo Héctor Quintero. Un Cartel de su emblemática pieza “Contigo, pan y cebolla” protagonizaba una notoria pared del lobby. Muy distante estaba yo de realizar mis estudios universitarios en la Facultad de Artes Escénicas del ISA y mucho mas lejos de sospechar que alguna vez tuviera la oportunidad de ‘tomar el hilo’ con Héctor sobre estas remembranzas de lo que se ha perdido en ‘el tiempo’.
Sentaditos estábamos aquella mañana en una reunión convocada por la pretérita “Agrupación de Teatro y Danza” de San Ignacio 166 sobre ‘la vanguardia teatral’ y el ‘Teatro experimental’ y otros apelativos en auge a principios y mediados de los ’90. Al final del coloquio Héctor me dice con aquella inolvidable voz grave y redonda:-“Oye, muchacho, me salvaste la campana”. Cada vez que nos veíamos en la Agrupación, nos saludábamos mutuamente de esa forma cómplice “Me salvaste la campana”.
Hoy las imágenes de “El caballero de Pogolotti” o “La verdadera historia de Pedro Navaja”, dos de los últimos espectáculos que el representativo gremio ofreciera en el ocaso de la compañía, todavía me son familiares.
Eso sí- y sobre lo siguiente gravita este comentario- antes de entrar al teatro era una costumbre de los muchachos de Colón comernos un helado en “El Anón de Virtudes”,
heladería del barrio que estaba justo frente al teatro, y después al final de la función y como ‘recompensa’ al shock estético que ‘sufríamos’ por aquellos desempeños dirigidos a estos infantes, la maestra Sonia nos llevaba a merendar a “La Oriental”, una fabulosa (también desaparecida) cafetería ubicada en la esquina de Prado y Neptuno, siempre repleta de jóvenes hermosas, la misma esquina inspiradora del Cha Cha Chá de Enrique Jorrin: “A Prado y Neptuno/iba una chiquita/que todos los hombres/la tenían que mirar (…)/que bobas son las mujeres/que nos tratan de engañar…” (Bis).
Allí, en ‘La Oriental’, una botella de malta fría con un sándwich de jamón y queso acabadito de planchar, tostadito y crujiente, te costaba solo 40ctvos, el mismo precio de la entrada a los cines del barrio. Y esa era la oferta más cara en la compleja década de ‘La Zafra de los Diez Millones’, ‘El Cordón de La Habana’ ‘La Columna Juvenil del Centenario’ y la ‘Ley contra la Vagancia’. De esta última ordenanza quedaron excluidos- ¿todos?- los actores “Del Musical” al lacerante y penoso proceso conocido como “Quinquenio Gris” y registrado bajo las tenebrosas siglas UMAP
Pero continuemos con los beneficios del enclave del hoy abandonado Teatro Musical de La Habana.
“Via Vénetto” en Prado y Virtudes junto a “Prado 264”, eran dos pizzerías que gozaban de gran prestigio entre las mejores de toda La Habana. La primera (desaparecida) a cincuenta metros “Del Musical” y la segunda (convertida actualmente en otro carísimo restaurante en cuc) a dos cuadras apenas. Cada una siempre con cervecita fría a 0.60ctvos para los mayores de edad y otros precios de alegría para toda la familia según los salarios mensuales de nuestros padres y el de los profesionales para y de la cultura nacional. No olvidemos que la “Asociación Nacional de Tramoyistas de Cuba” (también desaparecida) tuvo su sede en la mismísima intersección de Consulado y Virtudes.
Repaso que una ‘invitación elegante’- no solo por sus especialidades en el arte culinario, sino también porque eran sitios habituales para los “Del Musical”- consistía en ir a comer al “Caracas” en la archiconocida Prado y Neptuno o por lo menos visitar una vez al mes  “La Tasca Española”

en Cárcel y Prado, al frente del Parque de los Enamorados. Los cocineros de “La Tasca”
eran gallegos y allí una fabada contenía los mismos ingredientes que en Santiago de Compostela. Sin tacañería ni regateos. 
Claro, eso sí, ‘compontelascomopuedas’ para poder pagar un Table del Menú en “La Tasca”. Pero para nosotros, la familia de los muchachos del barrio Colón, ir a “La Tasca” una vez al año no hacía daño a la economía del nido. Y si se trataba de cenar coincidiendo allí con los actores “Del Musical”, la fabada sabia a gloria. Nada que ver con el nudo en la garganta que causan las chocantes ruinas que quedan hoy de lo que fue “La Tasca Española”, a solo siete cuadras del Teatro Musical de La Habana.
No obstante, entre el “Bar/Cafetería/Restaurante Fausto”, la pizzería “Parque Central” (más barata que las dos anteriormente mencionadas, pero igual desaparecida); y el popular “Los Parados” o “Los Paraditos”- al cual el gran Lezama Lima (otro ‘muchacho’ ilustre vecino del barrio Colón en la calle Trocadero) no le hizo nunca los honores, dato del que se acuerda en Madrid mi querido amigo Amadito del Pino- los encuentros con los “Del Musical” eran comunes, sabrosos y tan picantes como sus esplendidos espectáculos.
Mi hermano mayor se jactaba de bailar con los ‘Del musical’ en el “Cabaret Nacional” de Prado y San Rafael y de paso gozar a todo tren con la ‘señora sentimiento’ Elena Burke, o en “El Intermezzo” con Mundito Gonzalez, también en el “Parkwyu” de Refugio y Prado o en los bares “Havana Club” y el “S’loppy Bar” de esas iluminadas noches habaneras con pasos apresurados de botas rusas.
 Los actores “Del Musical” podían quedarse a vivir un tiempito en cualquier hotel del barrio Colón. Una habitación en el “Hotel Plaza” costaba 9.00 pesos la noche, y en el “Sevilla” 12.00 pesos; esos eran los más caros ante otras alternativas mucho más baratas como las del “Hotel Inglaterra” a 9 y a 6 pesos la noche, el “100 habitaciones”, el “Hotel Parkwyu” o el “Hotel Morro” en la esquina de Morro y Colón que era el más barato de todos porque le ‘colgaron el cartelito’ de ‘Posada con agua caliente sin aire acondicionado’ a ¡3.00 pesos por 24 horas!
Los actores y todos los demás mortales que constituyeron la célula fundamental de los memorables espectáculos  del Teatro Musical de La Habana también tuvieron una escuela primaria antes de llegar a Consulado y Virtudes: el Teatro Martí.
 En Zulueta y Dragones, recién acaba de reinaugurarse el histórico Teatro Martí gracias a la titánica labor sostenida y a la pasión desbordada por la cultura y el patrimonio nacional del historiador de la ciudad el Dr. Eusebio Leal Spengler. También ‘El Martí’ ha reabierto sus puertas ‘gracias al esfuerzo de muchos nobles empeños y el de muchos rostros sin nombres’- dijo Leal conmovido. “La cultura es lo primero que hay que salvar”- fueron sus palabras de cierre en tan emocionante oración de bienvenida al nuevo y monumental Teatro Martí, otrora ‘Coliseo de las cien puertas’ como lo denominara el poeta bayamés José Fornaris, un edificio que sufrió un acelerado proceso de destrucción, a tal punto que en el momento en que comenzaron las labores de restauración solo se conservaba la fachada de piedra.
¡Cuarenta Años! Hago aquí una pausa pequeña. ¡Cuarenta Años esperando por este suceso a favor de la cultura cubana, a favor de nuestra memoria teatral! ¡Cuarenta Años de espera por ‘El Martí’ y todo lo que eso significa!
Con el renacimiento del Teatro Martí los muchachos del barrio Colón estamos de fiesta. Pero tenemos una pregunta en el tintero que se cae de la mata:- ¿Cuántos años más le esperan al Teatro Musical de La Habana- otrora legendario Teatro Alhambra- para ser recuperado del abandono?
La imagen impresionante de las ruinas de “La Tasca Española” no será la respuesta, ¿verdad?  
 
La Habana, marzo de 2014.   






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